Ayuda a identificar emociones, superar frustraciones, y a lidiar en pequeños conflictos, relaja y enseña alternativas a la ira y a la agresividad.
Fortalece la concentración de los niños dispersos o hiperactivos.
La mayoría de los expertos recomiendan comenzar a los cuatro años.
A esta edad el niño ya es capaz de controlar su respiración y ser conciente de ella, básico para el autocontrol corporal.
En mis clases, para motivar a los niños para que participen activamente, suelo proponer posturas yóguicas que ellos imitarán en forma de juego.

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